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Terra
La Coctelera

Categoría: Microcuentos (< 250 palabras)

La Siesta, Nueva Zelanda y Australia (vamos, las Antípodas)

Pocas cosas hay tan placenteras como la siesta.
No me refiero exactamente a la siesta de camisón, gorro y orinal (¡que no está nada mal!). Más bien quiero hablar un poco de esa otra, sí esa más cortita que se caracteriza por un grupito de cabezadas y un cierto estar y no estar en el cotarro que nos rodea.
Debo reconocer que últimamente (los últimos 120 o 130 años, mas o menos), soy capaz de dormirme de pie en cualquier esquina y, no digamos nada, cuando estoy sentado o tumbado en algún mullido butacón o sofá: ¡puedo batir records!
Hoy he querido evitar el sopor que me embarga después una comida tardía (por motivos de trabajo eran casi las cuatro cuando he terminado de comer) y me he puesto a pensar en Australia y los koalas, en Nueva Zelanda y los kivis.

Poco llevaba en estos pensamientos faunístico-geográficos cuando he empezado a ver correr ovejas. Primero una, luego otra, ya iban tres cuando ha llegado la cuarta y, sucesivamente, se han ido juntando más y más, hasta que se ha formado un precioso rebaño de blanco algodón.
He caído (profundamente dormido) en la cuenta de que estos dos países son ricos en ganadería ovina.
Lo que son las siestas, ¡cualquiera se libra de ellas!

El sexo de los ángeles

La vida nos da trabajos de todos los colores y de muchos sabores.
Recuerdo uno que realicé de estudiante. Consistía en mantener cuidados a los ratones de un laboratorio. Sí, a esos ratoncitos blancos que parecen tan amables y bonitos para los niños. Había que limpiar bien las jaulas, tenerles con abundante comida y bebida (ad libitum).
Los ratones no son homogéneos, los hay hembras y los hay machos.
¿Curioso verdad?
Y cuando en la misma jaula conviven ambos sexos, la naturaleza se llena de embarazos. Con el nacimiento de los nuevos ratoncillos es indispensable hacer una buena selección según el sexo. Separarlos como buen cura censor franquista.
Las ratoncillas lactantes a una jaula. Los ratoncillos a otra.
La labor no es nada sencilla. Los genitales no están bien diferenciados a estas tempranas edades y a la caótica naturaleza, ayudada por el inexperto “sexador” aficionado, le gustaba jugar regalándonos bonitos embarazos en la jaula sólo para hembras.
Comprendí que hay cosas tan difíciles en la tierra, o casi, como saber cual es el sexo de los ángeles.

Ángeles

Hoy no llueve

Hoy no llueve pero da igual. La lluvia se ha introducido, lenta, hasta los huesos y ha anidado para no salir.
Ahora comprendo lo que veía cuando tus ojos de lluvia me contaban que hay primaveras que parecen otoños pero que pocos otoños semejan primaveras. No te entendía y sé por qué.
Cuando tu mirada se deshacía en la tristeza del tiempo, la mía intentaba alcanzar la cumbre de las montañas más altas. Subía, trepaba, en veloz carrera. La tuya se deslizaba agónica por una senda distinta, la senda estrecha, entre altas y oscuras piedras, piedras oscurecidas por el agua y el viento.
Han pasado los años pero queda la penumbra en el recuerdo y esta constante lluvia sigue su camino bien adentro.
¿Verás de nuevo el horizonte?
Tal vez ya no te interese. Hay tantos momentos que no sirven para nada que los pocos que sirven deben abrazarse con todas las energías que nos queden.

Lluvia