Hace dos tercios de los años que tasan mi edad tuve una amistad, tal vez un amor.
Ocupaba mis pensamientos, ocupaba casi todo mi tiempo, nuestro amor, su esencia, tal vez su imaginación de serlo.
Me dijo en cierta ocasión: “Dentro de unos años solo recordarás mi nombre”.
Han pasado tantos años desde entonces y aunque muchas veces, en la compañía del silencio, intento recordar otros tiempos, otros rostros que pertenecen a esa caja oscura que es o ha sido mi pasado, me resulta difícil dibujar, en mis recuerdos, sus rasgos, las miradas, las sonrisas, los gestos, las palabras o enlazar determinadas situaciones, hechos, personas y sentimientos.
Todo aquello que me pareció eterno se difumina como humo.
Y me doy cuenta de que es tan cierto lo que me decía: hoy solo recuerdo su nombre porque su nombre refleja el olvido.
Categoría: Nanocuentos (< 150 palabras)
La tarde se arremolina para despedirse con un poco de suavidad.
Comenzó vigorosa con aspavientos acompañados de granizo y aguacero, cortejada por ruidosos, alborotadores duendes.
La tarde estaba malhumorada, necesitaba descargar su rabia caprichosa.
La siesta le depara sueños mágicos, se siente transportada a un rincón lejano de su intramundo donde la alegría y la pasión se mezclan sin límites.
El despertar le desazona, amarga la felicidad acumulada en cada abrazo de Morfeo, y la barahúnda de miles de duendecillos saltando entre sus sedosos cabellos es como un terremoto en sus sienes.
De ahí su enfado, de allí sus arrebatos y desenfrenos convertidos en meteorológicos cambios.
Pero ya se calma, se calma y tranquiliza su mirada, reposada en el baile de las ninfas que la conducen a los brazos de la noche, tranquila noche de grillos y verano.
A una tierna edad estuve dos años en la clase denominada de párvulos (“parvulitos” en aquel momento). El primer año lo pasé aprendiendo (¿?) en un colegio de monjas, eso sí, los niños en un aula y las niñas en otra.
Aprendí que Dios (el suyo al menos) escribe recto con renglones torcidos.
Aprendí también, a base de reglazos en las yemas de los dedos y capones suculentos, que este don sólo lo tiene Dios y a Él sólo se le está permitido escribir torcido.
Mis renglones torcidos, con palabras llenas de faltas de ortografía, no eran una escritura recta.
También durante este año se reafirmó algo en mí que ya sabía: que yo no era Dios ni ningún pariente cercano de Él.
Además comprendí que, si por ellas (las monjas) fuera, al hijo de Dios (Jesucristo) le mantendrían crucificado para que no escribiera tan mal como lo hacía yo.
Érase una vez un bravo y joven río que saltaba alegre entre las rocas. La curiosidad le hizo viajero y en el viaje conoció lo más hermoso pero también lo más ruin de los lugares que surcaba.
Encontró personas muy distintas, amables y egoístas, hermosas y feas, dulces y amargas. Observó edificios altos y bajos. Entabló amistad con animales sedientos y escurridizos, temerosos del ruido. Visitó tierras de múltiples colores con árboles poderosos e hierbas frágiles.
De todos se fue impregnando un poco, perdió su personalidad volcada en múltiples y nuevas facetas. Su cara alegre y transparente se fue volviendo turbia, su mirada hostil.
Cuando quiso darse cuenta, no pudo volver atrás, el paso estaba dado y la decisión era irrevocable.
Finalmente comprendió que todo concluye y se disolvió en la infinitud de aquel salobre mar.
Érase una vez un gato rufo y gordo que entendía perfectamente el lenguaje de las moscas. Las observaba atentamente, escuchaba sus mensajes y, tranquilo, esperaba el momento en que las discusiones subieran de tono. Entonces, en el momento preciso, rápido, increíblemente rápido, de un salto terminaba la conversación cerrando su boca, con una sonrisa, sobre las moscas.