Todas las tardes se vuelven recogidas, tímidas, introvertidas. Algunas son una ventana al pasado, otra una puerta a ese futuro soñado.
Abro la puerta de un armario, saco el cajón secreto que guarda mis viejas libretas, cada una de un tamaño, diferentes colores en su pasta, diversa es la letra (la edad no perdona), con diferente tinta o escrita a lapicero.
Me sorprendo de las cosas que encuentro escritas ¿Qué me haría escribir esto o aquello otro? Cómo no siempre recuerdo el momento (aunque la fecha esté escrita en la mayoría de las ocasiones), me lo invento.
Unas veces de una forma, otras de otra y, así, lo que fueron tristezas lo transformo en alegrías o viceversa, según la tarde traiga vientos del norte, del sur… ¡qué más me da!
Los recuerdos los transformamos continuamente. Pregúntale a tu compañera, amigo, vecina, padre, madre… Pregúntale si tiene en la memoria el mismo recuerdo que tú de lo que vivisteis simultáneamente. Me sorprendería que coincidieran tanto como crees las historias de los dos.
Esas evocaciones tendrán distinto matiz. No fue lo mismo porque no sois el mismo ser, la misma mente.
¡Mira por donde!, ahí, a la vuelta de la esquina, te espera un recuerdo grato, una memoria amarga, tu tienes la capacidad absoluta de decidir que prefieres.
Hoy escoge algo alegre ¡es viernes y Alá es grande!