Érase una vez un bravo y joven río
Érase una vez un bravo y joven río que saltaba alegre entre las rocas. La curiosidad le hizo viajero y en el viaje conoció lo más hermoso pero también lo más ruin de los lugares que surcaba.
Encontró personas muy distintas, amables y egoístas, hermosas y feas, dulces y amargas. Observó edificios altos y bajos. Entabló amistad con animales sedientos y escurridizos, temerosos del ruido. Visitó tierras de múltiples colores con árboles poderosos e hierbas frágiles.
De todos se fue impregnando un poco, perdió su personalidad volcada en múltiples y nuevas facetas. Su cara alegre y transparente se fue volviendo turbia, su mirada hostil.
Cuando quiso darse cuenta, no pudo volver atrás, el paso estaba dado y la decisión era irrevocable.
Finalmente comprendió que todo concluye y se disolvió en la infinitud de aquel salobre mar.