¿Cuántas sensaciones encierra, o tal vez libera, una mirada?
No lo sé, hay tantas clases de miradas que no lo podría decir. Sin embargo, como intrépido aprendiz de brujo, aprendiz de ti, intentaré describir, descifrar, ¿inventar? una pequeña porción de lo que adivino en tu mirada.
Tu mirada está repleta de ilusiones, de estaciones (primaveras y estíos, otoños e inviernos), de sorpresas, de temores.
Cuando conversamos tumbados sobre la hierba o arropados por los cálidos brazos de tus árboles, es tu mirada un compendio de maravillosas ideas, de vibrantes opiniones, de enigmas por resolver.
Es tu mirada, en la penumbra de nuestra habitación, claroscuro de mañana y tarde, de siesta y noche, la tranquilidad en el gesto, la ternura sin palabras, la alegría y la pasión revueltas en feraz mixtura.
Si la mareta en tu cuerpo concluye la borrasca y la entrega, la lucha y el repliegue, en el debate, en cada palabra peleada, es tu mirada como la suave caricia que las frescas gotas de ese madrugador rocío pincelan sobre sus amadas, elegantes flores.
Tu mirada es sencillamente tu mirada, tu querida mirada que llena de ternura tus maravillosos, amados ojos.