Nunca se acaba de aprender.
Parece una frase hecha pero es una verdad de las pocas que quedan incuestionables.
En esta ocasión podría decir que es una exclamación que se me ha escapado por ciertas fisuras de la mente cuando he leído entre mis apuntes (de 1999) algo referido al Arco iris y sus colores.
Ver el arco iris con sus sietes preciosas bandas de colores después de una tormenta en primavera o verano es una agradable, maravillosa sensación que sigue resultándome mágica a pesar de los años de distancia en que quedó mi infancia.
Y esta sensación placentera se continúa cuando veo reflejada esta imagen en el mítico barco Rainbow warrior de Green Peace, miserablemente hundido hace años por los servicios secretos franceses. Tampoco me desagrada que las asociaciones de homosexuales utilicen estos colores en banderas de reivindicación de su derecho a que se respeten sus opciones sexuales.
Me hace menos gracia (debería decir ninguna) que algunos movimientos nacionalistas violentos de nuestra amada península se arropen detrás de estos colores para vendernos utopías excluyentes.
Pero realmente lo que me deja pasmado es que en mi desmemoria se perdiese lo apuntado hace siete años en uno de mis cuadernos sobre que en la tradición cristiana, los siete colores del arco iris simbolizan los siete dones del Espíritu Santo a la Iglesia: los sacramentos, la doctrina, los oficios, la forma de gobierno, la oración y los poderes de unir y desunir.
Por eso mismo, repito que no se acaba nunca de aprender aunque bien es verdad que hace tiempo que la Iglesia y yo vamos por caminos distintos y tal vez distantes.