Los años van pasando y uno quiere darse un barniz de haber vivido y tener un cierto callo en la piel que lo insensibiliza a las astucias cotidianas de la vida en sociedad. Se procura desconectar más de casi todo lo que humanamente se puede. Este todo incluye trabajo, conocidos (de esos que muchas veces decimos amigos, por decir algo), medios de comunicación (televisión, prensa, periódicos, “internete”, si esto es un medio de comunicación, etc.), empresas de concienciación y adoctrinamiento (partidos políticos, sindicatos, iglesias, etc.) y otras parafernalias artificiosas. Sin embargo, uno sigue intentando ser un animal sociable y político, y acaba cayendo en sus rutinas de supervivencia para no parecer demasiado anómalo. Y hete aquí que compra periódicos, algunas revistas, ve programas televisivos, escucha programas de radio y, casi sin darse cuenta, está ya metido hasta los tuetanos en la noria siguiendo la zanahoria y recibiendo palos. A poco que se pone a pensar, por llamarlo de alguna manera, se da cuenta de que el escape parece imposible. Algunas cosas le parecen buenas otras no tanto pero quién le asegura que después de tantos años tiene alguna capacidad de crítica. Nada está claro y, se pregunta o tal vez se reafirma dentro de su subjetiva subjetividad que, comparta o no las ideas que transmiten, las dos únicas opciones de crítica y revisión política son una revista de humor (“El Jueves”) y un programa televisivo de lo mismo (“El Intermedio”). No sé algo falla, ¿seremos demasiado política y socialmente correctos?